Vanesa del Pilar Segura Sánchez
La ciencia también migra:
fronteras, cultura y circulación de saberesTinta regada
12 – octubre de 2026
…La migración pone en movimiento culturas, relaciones, memorias y maneras de producir conocimiento.
***¿Qué habría ocurrido con la ciencia si Albert Einstein nunca hubiera migrado? ¿Qué caminos habría tomado la trayectoria de Nikola Tesla si sus desplazamientos entre Europa y Estados Unidos no hubieran ocurrido? No podemos saber con certeza qué habría sucedido en esos escenarios alternativos. Sin embargo, formular estas preguntas permite mirar la migración desde otra perspectiva: las personas no migran solamente con sus cuerpos; también se desplazan con sus conocimientos, experiencias, lenguas, prácticas culturales y formas de interpretar el mundo.
La relación entre migración y ciencia suele explicarse desde la movilidad de investigadores, la búsqueda de mejores oportunidades académicas o la llamada “fuga de cerebros”. Pero esta mirada puede resultar limitada si pensamos que aquello que se desplaza es únicamente el capital humano. La migración también pone en movimiento culturas, relaciones, memorias y maneras de producir conocimiento. Por ello, más que preguntarnos únicamente qué pierde o qué gana un país cuando sus científicos migran, resulta necesario preguntarnos qué sucede cuando diferentes experiencias científicas y culturales entran en contacto.
El trabajo de Martín Moreno, “Tres niveles de análisis sobre la movilidad académica: mecanismos estructurales, relacionales y motivaciones individuales en los movimientos de argentinos hacia Estados Unidos”, resulta útil para comprender que la movilidad académica no puede explicarse únicamente como una decisión personal. Su propuesta permite observar la relación entre las condiciones estructurales, las relaciones sociales y las motivaciones individuales que intervienen en estos desplazamientos. De esta manera, migrar para estudiar o investigar no depende solamente de la voluntad de una persona, sino también de las oportunidades académicas, económicas e institucionales disponibles en distintos contextos.
Esta perspectiva nos aleja de una explicación demasiado sencilla: que los científicos migran simplemente porque buscan mejores oportunidades, es necesario preguntarnos por qué determinadas universidades, laboratorios y sistemas científicos concentran mayores recursos y posibilidades que otros. La movilidad académica ocurre dentro de un mundo atravesado por desigualdades entre países y entre instituciones.
Pero existe otra pregunta igualmente importante: ¿qué lleva consigo una persona cuando migra?
Imaginemos a una investigadora latinoamericana que llega a una universidad estadounidense. Lleva consigo su preparación científica, pero también una historia personal, una lengua, una experiencia social y cultural determinada. Quizás haya crecido en un contexto donde ciertos problemas son especialmente visibles y, por ello, formule preguntas diferentes a las de alguien formado en otro lugar. Al incorporarse a un nuevo espacio académico, sus preguntas pueden encontrarse con otras perspectivas. Puede aprender nuevas metodologías y, al mismo tiempo, aportar experiencias que sus colegas no habían considerado.
En ese encuentro puede surgir algo nuevo, esto permite comprender que la innovación científica no depende exclusivamente de laboratorios, tecnologías o recursos económicos. También puede surgir del encuentro entre diferentes formas de mirar un problema.
Por supuesto, esto no significa afirmar que toda persona que migra se convierte en agente de innovación. La movilidad por sí misma no garantiza nuevos descubrimientos, para transformar una experiencia migratoria en producción científica se necesitan condiciones: acceso a instituciones, reconocimiento de credenciales, oportunidades de investigación, recursos económicos y redes académicas.
Aquí aparece una dimensión que no podemos ignorar. La movilidad científica puede representar una oportunidad para una persona, pero también puede significar una pérdida para el país que la formó. Cuando un investigador se marcha definitivamente, el país de origen puede perder parte de su capacidad científica. Sin embargo, la relación no necesariamente termina con la partida.
Las redes académicas contemporáneas permiten mantener vínculos con colegas, universidades y proyectos del lugar de origen. Una persona puede colaborar a distancia, publicar conjuntamente, regresar temporalmente, formar estudiantes o establecer conexiones entre instituciones. En este sentido, la migración científica puede comprenderse no solamente como “fuga”, sino también como circulación de saberes y construcción de redes transnacionales.
Aun así, esta circulación no ocurre en condiciones de igualdad, las oportunidades de movilidad están atravesadas por recursos económicos, visas, idiomas, prestigio institucional y reconocimiento académico. Por ello, hablar de ciencia y migración también significa hablar de poder: ¿quién puede migrar para estudiar o investigar?, ¿quién tiene acceso a los grandes centros científicos?, ¿qué conocimientos son reconocidos como legítimos y quién decide cuáles son las preguntas que merecen ser investigadas?
Estas preguntas permiten introducir la cultura en la discusión.
Desde los Estudios Culturales podemos comprender que las personas no son individuos aislados que simplemente se trasladan de un territorio a otro. Llevan consigo identidades, memorias y prácticas culturales, pero esas identidades tampoco permanecen intactas, se transforman en contacto con nuevos contextos.
La experiencia migratoria puede producir nuevas formas de pertenencia. Una persona puede continuar identificándose con su país de origen y, al mismo tiempo, construir vínculos con el lugar donde vive. Puede hablar una lengua en su casa y otra en su trabajo, conservar una tradición familiar y modificarla para adaptarla a un nuevo contexto. La cultura viaja, pero también cambia.
Un ejemplo sencillo puede encontrarse en las comunidades migrantes. Pensemos en una comunidad dominicana establecida en Puerto Rico. Sus integrantes no dejan de ser dominicanos al llegar, pero tampoco reproducen exactamente la misma cultura que dejaron atrás. Crean nuevas formas de ser dominicanos en Puerto Rico. Mantienen determinadas prácticas, transforman otras, incorporan elementos de la sociedad puertorriqueña y construyen redes de apoyo entre compatriotas.
En ese proceso también producen conocimiento, esta idea transforma la manera en que observamos a las comunidades migrantes. Con frecuencia se habla de ellas como poblaciones que necesitan asistencia, integración o servicios. Desde mi formación de Trabajo Social, sabemos que acompañar a una comunidad implica reconocer sus necesidades, pero también sus capacidades, recursos y redes. Desde los Estudios Culturales podemos añadir otra dimensión: las comunidades migrantes también producen conocimiento sobre sí mismas y sobre las sociedades en las que viven.
Una red comunitaria puede desarrollar estrategias para orientar a quienes llegan por primera vez, una familia puede transmitir a sus hijos una lengua y una memoria cultural. Una comunidad puede crear organizaciones, festividades, proyectos artísticos o medios digitales para mantener sus vínculos culturales. Estas prácticas generan conocimientos sobre identidad, solidaridad, adaptación y pertenencia, aunque no siempre sean reconocidas por los espacios tradicionales de producción científica.
Por eso, la migración debe observarse no solo como desplazamiento de personas, sino también como circulación cultural.Esta perspectiva permite regresar a la pregunta sobre científicos como Einstein o Tesla. ¿Qué habría ocurrido si nunca hubieran migrado? No podemos afirmar que determinados descubrimientos no habrían ocurrido. Tal vez otros científicos habrían llegado a conclusiones similares o sus ideas habrían tomado otros caminos. Pero sí podemos reconocer que sus trayectorias migratorias los situaron en determinados espacios intelectuales, institucionales y culturales que formaron parte de sus experiencias.
La pregunta contrafactual, entonces, no pretende demostrar que “sin migración no existiría la ciencia”. Su valor está en hacernos visible algo que normalmente olvidamos: los descubrimientos tienen historias humanas.
Detrás de una teoría, un invento o una investigación existen personas que estudiaron en determinados lugares, encontraron determinados profesores, participaron de comunidades y establecieron relaciones con otros investigadores. La ciencia no ocurre en un vacío cultural.
Esta reflexión también permite pensar en investigadores provenientes de contextos diversos, la experiencia de haber crecido en determinado país, haber vivido ciertas desigualdades o haber atravesado procesos migratorios puede influir en las preguntas que una persona considera relevantes. La cultura no determina la ciencia, pero forma parte de las experiencias desde las cuales las personas observan el mundo.
Por eso, la diversidad cultural puede convertirse en una fuente de nuevas preguntas.
Desde mi formación como trabajadora social y estudiante de Estudios Culturales y Humanísticos, esta perspectiva resulta especialmente significativa. El Trabajo Social me ha enseñado que escuchar las experiencias de las personas es fundamental para comprender las realidades sociales. Los Estudios Culturales amplían esa escucha al permitir reconocer cómo esas experiencias están atravesadas por identidad, cultura, poder, memoria y pertenencia.
Pensar la relación entre ciencia y migración, entonces, no significa simplemente elaborar una lista de científicos que cruzaron fronteras. Significa reconocer que cuando las personas migran, también se desplazan preguntas, saberes, prácticas culturales y formas de interpretar la realidad.
La migración puede generar oportunidades para la ciencia, pero también puede revelar las desigualdades existentes en los sistemas de producción de conocimiento. Puede conectar universidades y países, pero también concentrar el talento en determinados centros. Puede favorecer la innovación, pero también implicar pérdidas para las comunidades de origen. Puede preservar culturas, pero también transformarlas.
Quizás esa complejidad sea precisamente lo que hace que la migración sea tan importante para pensar en la ciencia y la cultura.
Al final, no podemos saber qué habría ocurrido si Einstein, Tesla u otros científicos nunca hubieran migrado. Pero sí podemos preguntarnos qué conocimientos, encuentros y posibilidades surgieron porque lo hicieron.
La respuesta nos lleva más allá de los nombres famosos y hacía millones de personas que diariamente cruzan fronteras y llevan consigo conocimientos que pocas veces reconocemos como tales.
La ciencia también migra. Pero con ella migran las culturas, las memorias, las preguntas y las maneras de comprender el mundo, reconocerlo implica dejar de mirar a las personas migrantes únicamente como estadísticas, fuerza laboral o poblaciones que necesitan ser integradas. Significa reconocerlas también como sujetos capaces de crear, transformar y compartir conocimiento. Quizás allí encontremos una de las mayores riquezas de la movilidad humana: no solo cambia el lugar donde viven las personas; también puede cambiar aquello que una sociedad es capaz de imaginar, investigar y crear.
Referencia:
Moreno, Martín. “Tres niveles de análisis sobre la movilidad académica: mecanismos estructurales, relacionales y motivaciones individuales en los movimientos de argentinos hacia Estados Unidos.” Estudios Sociológicos, vol. 38, no. 113, 2020, pp. 497–532.
