Jerry Torres-Santiago
Selección de la novela MARIGOLD
Tinta regada
9 – enero de 2026
*
Cuando oía a los jóvenes reclutas llegar al frente occidental cantando canciones patrióticas y les veía la ilusión en el brillo de los ojos, sentía un escozor en mi pecho porque yo no había ido a la guerra por la causa noble de la libertad de mi país pensando que sería un héroe. Aquella larga jornada que comenzó en el puerto de Guánica y continuó hasta Nueva York y luego a Francia, fue una asquerosa huída. En aquella época era joven y estúpido, por eso me dejé convencer de que el mejor escondite posible, donde nadie me buscaría, eran las trincheras del este de Francia. A mala hora acepté ofrecerme de voluntario durante la Gran Guerra. Claro, no fue mi idea, en eso como en tantas otras cosas, la iniciativa fue de Fermín, siempre Fermín. Aprovechando la circunstancia de que, por razón de su padre, Fermín tenía la ciudadanía francesa, logró persuadir al oficial de reclutamiento que me aceptara sin hacer preguntas.
Yo era un don nadie, un arrimado sin relieve, peor aún, era un perseguido aspirante a fantasma. En febrero de 1917 yo no existía legalmente. Siendo natural de Puerto Rico estaba bajo la protección de los Estados Unidos de América pero no era ciudadano americano. La gran ironía fue que un mes después, en marzo, por una ley del Congreso se extendió la ciudadanía americana a los nacidos en la Isla. Para ese entonces, yo estaba muy lejos. El inconveniente de mi falta de identidad internacional fue oportunamente pasado por alto pues, como suele suceder, todas las puertas se abren y todos los ojos se cierran ante la presencia del dinero. Así fue como crucé el Atlántico con un nombre nuevo y un pasaporte falso.
La guerra en realidad acabó por inercia, por cansancio de ambas partes. Los soldados americanos, a quienes llamábamos los teddies, entraron en acción en octubre de 1917 y representaron un motivo de controversia y tensión. Para ellos su llegada fue la clave de la victoria, para todos los demás, fueron unos advenedizos, deseosos de ocupar un sitial al lado de los triunfadores. Como el que llega al final del baile y se cree rey de la fiesta, los teddies fueron despreciados desde el principio. Por presiones políticas de alto nivel los generales les permitieron que se lucieran en unas cuantas batallas pero en su fuero interno los consideraban inútiles. Eran tropas mal entrenadas, pésimamente equipadas y peor, se consideraban superiores por el simple hecho de ser hijos del tío Samuel. Se decía, incluso, que la mayoría de las bajas americanas fueron por causa de la gripe española y que sus actos de heroísmo fueron pocos y producto de la suerte más que del valor.
Para esas fechas, el resto de mi cuadrilla había muerto y yo era el único sobreviviente. El oficial a cuyas órdenes debía reportarme, al conocer el fin de mis compañeros, quiso que me acantonara con la compañía de negros de Harlem del ejército americano. Pero luego, pensándolo mejor o quizá sospechando que la ira en mi rostro terminaría creándole más problemas, me asignó a una brigada auxiliar encargada de proveer de alimentos al Sexto Ejército francés que comandó el general Duchène durante la ofensiva del río Aisne.
Al firmarse el armisticio todo comenzó a derrumbarse lentamente. La solidaridad ficticia que el miedo a la muerte había provocado en los hombres que compartieron el frente occidental se desvaneció. Los prejuicios sobre los que se construye el mundo surgieron nuevamente y no fueron suficientes los sacrificios y sufrimientos que por Francia padecieron los que llegamos de las Antillas, de la India, de Arabia o de África del Norte. El color de nuestra piel nos delataba como extranjeros no importaba que tan bien habláramos el francés. Fuimos marginados y colocados en el último escalafón social: éramos los réfugiés.
En un principio malvivía pidiendo limosna en las aldeas desoladas del noreste de Francia. Luego, cuando la tolerancia de los campesinos se esfumó, me radiqué junto con otros refugiados en la zona militar que existía alrededor de París. La Zone Militaire era un cinturón de tierra no ocupada de aproximadamente un kilómetro de ancho en las afueras de la ciudad que fue reservada para la última defensa en caso de una invasión alemana. Miles de personas habitaban ese lugar al finalizar la guerra. Se mezclaban los combatientes desamparados como yo, con los gitanos, los indigentes y los recogedores de harapos, los llamados chiffonniers, éramos les plus pauvre du pauvre.
Una pequeña ciudad lumpenproletaria se recreaba cada tarde en la Zona Militar cuando todos nos reuníamos tras una jornada de trabajo mal remunerado, de mendicidad o delincuencia. Allí nos dedicábamos a beber, a cantar y a cenar en los guinguettes, los restaurantes al aire libre muy baratos donde aprendí a comer el pot-au-feu y a reconocer por su aroma qué pescado había espesado la boullabaisse del día.
Como no hay dicha completa tampoco hay concentración de pobres que no sea considerada peligrosa por las autoridades. A los pocos meses de mi llegada todos los guinguettes de la Zona Militar fueron desmantelados y el proletariado de harapos fue dispersado por la ciudad. Era la misma historia de siempre, los poderosos querían que desapareciéramos, que fuéramos invisibles, para no herir sus hipócritas sensibilidades burguesas. Yo ayudé a un grupo de chiffonniers alcohólicos a construir una choza con pedazos de madera, cartón y telas de circo donde termina el Boulevard Masséna y comienza el camino de Saint Denis. Abotagados por el alcohol o quizá sintiendo que en ese círculo del infierno donde ellos vivían, los prejuicios no tenían utilidad, los chiffonniers de Masséna me adoptaron.
Diariamente recorríamos con un destartalado carromato los barrios occidentales, particularmente el distrito 16 de Passy, Chaillot y Auteuil, recogiendo todo lo que los ricos descartaban para revenderlo en los barrios industriales del lado este y en las calles aledañas al Mercado Central. Después de largos meses de privaciones, encontré un oficio de ayudante de carnicero y pude mudarme a una habitación en una casa de apartamentos ubicada en el número 22 de la calle Quincampoix cerca de Les Halles.
Mi trabajo con los matarifes del mercado central no duró mucho y pronto comenzé a emplearme en lo que apareciera: fui instalador de adoquines, vendedor de sombreros para lámparas, estibador en el canal de l’Ourcq, jardinero temporal en el Parque de Saint Cloud y aprendiz de ebanista en la Rue Saint Antoine. Nunca dejé de ser un desarraigado, un ultramarino, iba y venía de los trabajos buscando un nicho donde ubicarme. Y por las noches recorría los callejones del distrito de Beaubourg, cerca de Les Halles, repitiéndome que aquel ‘otro’ oficio era de emergencia, una desgraciada necesidad en tiempo de supervivencia, algo que dejaría de hacer pronto.
Acostumbrado a las interminables horas de guardia en las trincheras, me quedaba quieto bajo la luz de un farol, esperando la señal de una mano enguantada que sobresaliera del interior de algún coche. Me acercaba, miraba el aristocrático rostro de la madame y sonreía. A ellas les encantaba mi sonrisa, decían que era muy dulce, casi inocente. Para mejorar el producto adopté el acento, los ademanes, los gustos gastronómicos y hasta las preferencias políticas de mis anfitriones franceses en caso de que, antes o después del rencontre intime, la madame quisiera platicar. Yo quería ser otro, deseaba poder borrarme de la historia, fundirme con las piedras de los muelles y el hierro de los puentes, ralentizarme hasta no ser nada ni recordar.
Hace dieciseis días dormía plácidamente en la mullida cama de Madame De Mottié, una extravagante mujer que alquiló mis servicios que ya, para ese momento, habían ganado cierta notoriedad. Bajo la excusa de ser su chauffeur y guardaespaldas, me introdujo en su vida aristocrática, que distaba mucho de ser la rutina de compras, paseos y fiestas de la gente de su clase. Era una viuda sin hijos muy hermosa, caprichosa y extraña. Su personalidad resistía cualquier comparación: era excéntrica y de gustos raros. Llevaba una relación ‘abierta’ con un matrimonio de expatriados americanos radicados en París, con quienes compartía además la creencia de que Cristo era un científico, la certeza de que la enfermedad era un desbalance mental y la compulsión de comprar cuadros horribles de un tal Matisse. A pesar de que la madame estaba demente le tuve cierto cariño y me sentía tan feliz y loco como ella cuando me decía al oído en voz baja: Joue avec moi, mon nègre.
Nuestro nido de juegos perversos era su villa en las afueras de París, cerca de la aldea de Garches. Como ella misma, la casa era una rareza: al final de un camino de grava se alzaba una caja blanca de tres pisos de alto, cortada por largas hileras de ventanas de cristal. El interior, si podemos llamarlo asi, estaba totalmente abierto hacia el exterior mediante terrazas, balcones y ventanales. Lo más chocante y disparatado de aquella casa era su falta de decoración. Las paredes blancas estaban desnudas, sin pilastras, cornisas, molduras, frisos o balaústres. No parecía una casa sino una máquina aséptica incrustada con violencia entre la arboleda de un verde esplendoroso. Cuando veía mi oscuro cuerpo sobre la blanca piel de Madame De Mottié imaginaba que yo, para ella, quizá también era una cosa excéntrica y desconcertante, fuera de lugar, un juguete grande que escandalizaba a sus amigos más conservadores. Cinco minutos exactos duró mi etapa de duda, al cabo de los cuales me aseguré que la madame sintiera en carne propia mi fuerte consentimiento a nuestra relación de trabajo.
Una tarde, después de hacer el amor por hora y media como era la costumbre y la razón de mi fama, Madame De Mottié me propinó un inesperado golpe emocional al preguntarme si hablaba español. Yo me había forjado un disfraz exótico: me hacía llamar Jatif, me rizaba el pelo negro y decía que era tunecino. Me miró divertida, mi rostro debía ser una elocuente pantalla de sorpresa. ‘Todos tenemos nuestros secretos. Tú hablas en español cuando duermes’, contestó a la pregunta escrita en mis ojos. Gentilmente me acarició la barbilla, se levantó de la cama, fue donde estaba el gramófono y colocó un disco. Una música triste y dolida como un quebranto del alma, surgió de la bocina en forma de lirio. ‘Traduce lo que canta’, me pidió antes que una voz aterciopelada me rasgara el espíritu con sus notas de amargura. Comenzé a traducirle, abrazado a ella, que había vuelto a la cama y estaba acurrucada entre mis piernas:
Tomo y obligo, mándese un trago,
que hoy necesito el recuerdo matar;
sin un amigo lejos del pago
quiero en su pecho mi pena volcar.
Beba conmigo, y si se empaña
de vez en cuando mi voz al cantar,
no es que la llore porque me engaña,
yo sé que un hombre no debe llorar.Si los pastos conversaran, esta pampa le diría
De que modo la quería, con que fiebre la adoré.
Cuantas veces de rodillas, tembloroso, yo me he hincado
Bajo el árbol deshojado donde un día la besé.
Y hoy al verla envilecida y a otros brazos entregada,
Fue para mi una puñalada y de celos me cegué,
Y le juro, todavía no consigo convencerme
Como pude contenerme y ahí nomás no la maté.Tomo y obligo, mándese un trago,
De las mujeres mejor no hay que hablar
Todas, amigo, dan muy mal pago
Y hoy mi experiencia lo puede afirmar.
Siga un consejo, no se enamore
Y si una vuelta le toca hocicar,
Fuerza, canejo, sufra y no llore
Que un hombre macho no debe llorar. [1]Al oír aquellas palabras en mi propio idioma, cantadas con tanta pasión y convencimiento, me desplomé. Amargas lágrimas rodaron por mi interior y la melancolía hizo erupción destrozando el espléndido fraude que confundía con la vida. Cuando terminó de cantar el artista que se hacía llamar el Morocho Gardel, se hizo el silencio y supe que debía regresar, que la distancia que había puesto entre aquella mujer y yo no era suficiente para el olvido. Para dejar de llorar debía conocer la verdad. Gabrielle no dijo nada cuando al día siguiente me despedí de ella sin explicaciones. Puso un fajo de francos en mi mano y me abrazó. A toda prisa, como si los perros del infierno me persiguieran, tomé el tren a Marsella. En un barco de la Compagnie Générale Transatlantique, tardé doce días en viajar desde Francia hasta Ponce. Durante toda la travesía no dejé pasar una sola tarde sin que, desde la proa, mirase mesmerizado el océano queriendo verter allí el resentimiento que me estaba matando.
[1] El tango Tomo y obligo fue escrito por: Manuel Romero en 1931.
*Marigold, Editorial Lumenros, 2018.
