Baruch Vergara
La Belleza Apropiada
Tinta regada
11 – agosto de 2026
…el Arte continúa permitiéndonos dialogar diacrónicamente
***Hoy en día, al hablar de belleza, nadie cuestiona que sea subjetiva. Los parámetros que existían históricamente se han transformado. Estos condicionaban la libertad de crear de los artistas, pero también del gusto de las personas. Hoy sentimos que hay más libertad pues la diversidad es abundante en los medios de comunicación y también gracias a que la censura es muy criticada apelando al derecho de libertad de expresión. Sin embargo, tampoco podemos negar que aún con tal apertura de criterios, siempre tendemos a juzgar con base a nuestros valores de educación inculcados en casa y nuestra cultura.
De este modo, emitimos juicios en todo momento dando valor a nuestras decisiones diarias. Esto se vuelve muy interesante cuando analizamos obras de Arte, y sobre todo cuando provocan reacciones subversivas en su tiempo. A través de los años se va modificando la manera de apreciarlas porque las interpretaciones modifican su percepción. Y aunque en algún momento se habló del ideal de un Arte Universal que provocara las mismas emociones estéticas en un niño o adulto de cualquier edad, nacionalidad, raza o cultura, esta visión no contempló el tiempo. Esta idea se basa en que la obra debe contar con ciertas cualidades formales que permitan apreciar, sin mayor explicación, su belleza o expresión. De ahí que gran parte del arte abstracto se centra en transmitirnos sensaciones visuales sin narrativas imaginativas que no sean factuales. Pero sería muy ingenuo pensar que todas las obras que se realicen puedan ser apreciadas por cualquier espectador, ya que algunas necesitan contexto. De este modo hay obras que se hacen para cuestionar la realidad, señalar la sociedad, recordar algún acontecimiento o expresar sentimientos muy personales. Son infinitos los motivos por los que un artista decide crear una obra y ahí su riqueza cultural. Los parámetros universales aluden básicamente a los principios de armonía, balance o proporciones en la mayoría de los casos.
Nuestras sociedades son cada vez más complejas al igual que sus obras de Arte, pero esto también hace más interesantes las discusiones acerca de sus planteamientos estéticos y conceptuales. Hagamos ahora un ejercicio de interpretación con una obra que me toca muy de cerca y que ha fomentado muchas discusiones a través del tiempo en diversos ámbitos. La obra fue titula: La Venus del Espejo, pintada entre 1647-1651 por Diego Velázquez siendo pintor de la corte de Felipe IV.
El tema es la diosa de la belleza; aunque en el registro de un inventario también fue descrita como el “desnudo de una mujer recostada en una cama”. A esta mujer se le atribuye belleza; o el motivo suficiente de agrado para que el pintor de la corte del siglo XVII de España haya decidido pintarla; o también un cuadro erótico de su época para el deleite oculto del que lo adquirió. Las interpretaciones se multiplican y son muy entretenidas, por lo mismo se ha investigado y divulgado tanto sobre esta pieza. El cuándo, dónde y por qué se pintó; quién la encargó o vendió o trasladó. También está en cuestión si la modelo fue amante del pintor con la cual pudo haber tenido un hijo. Los historiadores indagan sobre información registrada para poder determinar” la verdad” de las cosas y en este caso de la obra de Arte. Como J. Derrida indagara en su ensayo La verdad en Pintura, desmenuzarán los límites de esta para acercarse a posibles estructuras de entendimiento que aclaren por medio de deducciones el meollo del asunto.
Sin embargo, a nosotros espectadores del siglo XXI, nos llega de golpe una mujer desnuda en una cama de espaldas al espectador (que en aquel momento estaría de espaldas al pintor Diego Velázquez) También hay un tierno angelito que sostiene un espejo para que ella “supuestamente” se contemple. Lo interesante de esta situación, (cosa que también se ha analizado bastante) es la mirada cruzada entre el espectador y la modelo pintada, (algo que también Velázquez hizo posteriormente en su obra Las meninas y que cautivó a toda la Historia del Arte Occidental). La intención simbólica de la obra sería que la mujer o diosa se está contemplando en un espejo. Pero en una situación real, al nosotros poder ver el rostro de la modelo en el espejo, significa que ella no se está viendo, sino que nos ve y es consciente de que la observamos, o la observaba el pintor. Se ejerce cierta complicidad en ambos, o al menos Velázquez quería hacer evidente que ella se sabía observada y era consciente de ello permitiéndolo. ¿Cómo saber cuál fue la intención del artista? ¿La simbólica o la de complicidad? Sabemos que no es ni fue tomada de una fotografía, así que, si ella en realidad se veía o no, o si nunca vio al espejo, fue el artista el que decidió que así apareciera ya que también pudo inventar la mirada y posición del rostro. Ahora bien, suponiendo que ese rostro es fiel al momento en que se pintó y la mujer consintió modelar, sería como cuando en el salón de belleza o barbería observas en los espejos cómo te están arreglando. Tratar de interpretar cuál fue su relación, sería algo muy complejo de comprobar y en realidad qué le aportaría a la obra de no ser más deducciones para traer más alegatos y debates que en realidad sólo quieren traer algún punto personal para defender alguna teoría. Quizás deberíamos apreciar las obras de Arte con lo que aparece ante nosotros y nos aporten sin tratar de especular con historias que no nos pertenecen.
Por cierto, también se ha observado por radiografías que Cupido fue pintado posteriormente. Lo cual nos permite crear conjeturas de posibles razones para haberlo añadido. Con la censura de su tiempo en una sociedad que no vería con buenos ojos estos temas, un angelito mitológico pudo haber suavizado su presencia y por ello estuvo semioculto por muchos años en la propiedad del dueño en turno. De este modo, y de manera muy privada, se mantuvo en diferentes propiedades hasta parar en Londres en el siglo XIX.
Ya en el siglo XX el cuadro se encontraba expuesto en la National Gallery de Londres. En 1914, cien años después de su llegada a Inglaterra, la sufragista Mary Richardson acuchillo la obra en protesta por el arresto de su líder Emmeline Pankhurst cuando comenzaban los reclamos de las mujeres por su derecho al voto. Richardson declaró:
“He tratado de destruir la imagen de la mujer más bella en la historia de la mitología como protesta contra el Gobierno por la destrucción de la señora Pankhurst, que es la personalidad más bella de la historia moderna. La justicia es un elemento de la belleza tanto como el color y el contorno de este lienzo.”
Parece que aquí la idea de belleza es la que está en cuestión. Sin indagar en los conceptos tan amplios que podríamos encontrar en diversas teorías o filósofos, podemos distinguir entre una belleza visual y una espiritual o moral (por darle un nombre general al comportamiento que participa del bien). Sin embargo, llama la atención como Richardson reconoce en su protesta la belleza de la Venus representada y por eso su postura iconoclasta.
Esto ocurrió hace más de un siglo, sin embargo, el Arte continúa permitiéndonos dialogar diacrónicamente. Pasemos ahora a tiempos más recientes para continuar con la diáspora de esta imagen y ver cómo pudo interactuar en Puerto Rico.
En 1979 Myrna Báez hizo una serigrafía que tituló: La Venus roja. En ella, la artista puertorriqueña hace una apropiación de la obra de Velázquez. En ella cambia algunos elementos de la composición para subrayar los nuevos paradigmas de su tiempo en contra del colonialismo y sobre todo del machismo intrínseco en esta obra. En el libro: Myrna Baez, una artista ante su espejo, Margarita Fernández Zavala, editora del mismo, describe lo siguiente: por primera vez en Puerto Rico se hizo un planteamiento abiertamente de postura feminista.
Aquí el espejo vuelve a ser el elemento discordante, pues en él, se refleja no solo parte de la silueta roja de la Venus, sino el propio Velázquez, prestado de Las Meninas. Esta obra es la consecuencia o fruto de esa lucha iniciada simbólicamente por Richardson a través del cuadro. Quizás no consciente, Baez la retoma, desafiando al autor, que simboliza la mirada opresora del hombre, pero también del colonizador. La obra contiene una fuerza implacable poniendo en evidencia al pintor. Baez logra invertir los papeles de manera magistral, desnudando al artista ante nosotros.
Curiosamente en los dos casos, el de Velázquez y el de Báez, los espejos reflejan lo que los artistas intentan hacernos sentir o entender, porque físicamente en ninguno de los dos podrían existir esas imágenes como reflejos reales. En el de Velázquez, la intención sería que creamos que ella se observa a menos que su suspicacia haya ido más lejos. En el caso de Báez, ambos se ven reflejados, lo cual, por lógica, no sería factible desde el ángulo que la percibimos. En ambos casos la representación es forzada y a la vez simbólica.
A mi llegada a Puerto Rico en 2005, me encontré con una cultura muy distinta a la mía. Algo que llamó mi atención, fue la convivencia racial sin prejuicios entra parejas. El orgullo por la pureza o mestizaje es más abierto. En México esto está muy dividido y en ciertas regiones como la de donde yo vengo, no existe. Aquí noté esa belleza de carácter y respeto por sus raíces, tanto indígenas como negras.
Yo venía trabajando desde México una serie de apropiaciones de cuadros de la Historia del Arte occidental. Continué con esa temática para mi primera exposición en el Centro Cultural Carmen Solá Perea de Ponce. Ahí presenté, entre varias piezas, una apropiación de la Venus del espejo de Velázquez, a la cual titulé: Belleza apropiada. En ella quise poner en dilema los cánones de belleza europeos para lo cual incorporé el Juicio de Paris. La posición de la mujer negra la escogí de una revista donde Beyoncé se arrodilla en el escenario para acercarse a su público que la aclama. Al colocarla encima de la mujer blanca, quise representar una escena típica de lucha olímpica. La posición parterre (luchador/a apoyado/a en cuatro puntos) se utiliza para reanudar el combate luego de una penalización por pasividad o luego de haber llevado al suelo al otro. La posición se vuelve ambigua aquí, pues parece que la negra somete a la blanca, pero a la vez, conforme a las reglas de la lucha, ella está en posición penalizada, aunque en la imagen la mujer pasiva es la blanca. En mi versión, el espejo es una ventana abierta a la imaginación, ya no señala al espectador o autor, ahora la manzana dorada vuelve a ser el centro de la discordia. La obra da para más interpretaciones con su alterada composición. Toda la carga histórica y simbólica de esta obra no se puede reducir a lo que yo quería decir ya que la disposición de cada uno de los elementos permite que el espectador cree sus propias conjeturas. La idea de estar pendiente a lo que el artista quiso decir reduce lo que la obra transmite con sus propios recursos. No hay una verdad única de la obra sino, a la manera kantiana, el libre juego de la imaginación y el entendimiento para establecer un juicio apropiado de belleza.
Esta obra la hice antes de saber quién era Myrna Báez. Tuve la fortuna de conocerla brevemente en una presentación de su libro junto a Margarita Fernadez Zavala en un homenaje que le hizo Las Jornadas del Grabado Puertorriqueño. Fue una gran sorpresa descubrir la apropiación de la Venus Roja en su libro luego de unos años de vivir en Puerto Rico. Encuentro fascinante como las imágenes dialogan a través del tiempo, están vivas y generan reflexiones de su época; proponen ideas debatibles, pero también pertinentes para conocer, aprender y crecer.
Baruch Vergara
Verano de 2026, San Germán Puerto Rico



