Carlo R. Sabariz
Tres billetes, solo ida
Tinta regada
11 – agosto de 2026
Nós non marchamos.
***La fotografía que encabeza este texto fue tomada en el puerto de A Coruña, corría el año 1957. Un padre y su hijo, con las miradas extraviadas en algún punto indefinido, lloran de forma ahogada y sostenida. El hombre abraza del cuello al niño, con fuerza y con cariño, arropándolo entre su brazo y su costado. Viste su chaqueta de los domingos y esa mañana se ha afeitado con su vieja navaja, lo que resalta las profundas arrugas que surcan su rostro, la rotunda honestidad de su dolor.
Se llaman Ángel Calo Marcote (O Xurxo) y Juan José Calo López (O Chanquete). El niño llegó a la ciudad de A Coruña desde su aldea de la Costa da Morte cinco días atrás, acompañado por su abuela, quien debía solucionar unos trámites en el consulado. Lo hicieron en un autobús renqueante que tardó media jornada en cubrir una distancia de cien kilómetros. Al llegar, cogieron un tranvía hasta la Plaza de Pontevedra. El niño no despegó la cara del cristal durante el trayecto. Tan solo había visto dos o tres automóviles, y allí había decenas de ellos. Tan solo había visto casas de dos plantas, y allí había edificios de más plantas de las que podía contar. Desde la Plaza de Pontevedra, subieron la calle Fisterra, donde se alojaron en una modesta pensión, justo al lado de un bar llamado América. El padre, Ángel Calo, no pudiendo permitirse no trabajar durante esos días, viajó en el mismo autobús renqueante la tarde anterior. Es hombre de mar y apenas supera los treinta años.
* * *
Ese domingo por la mañana de finales de octubre, y a pesar de ser domingo, el puerto está rebosante de gente y actividad. En el muelle de Méndez Núñez, bajo un cielo con claros y nubes, se encuentra atracado el Juan de Garay. Es un barco de vapor ya veterano, con bandera argentina, de 130 metros de eslora, casco de acero, motor diésel y una sola chimenea, mitad carguero y mitad buque de pasajeros, funcional y exento de lujos y ornamentos. El transatlántico se está preparando para partir a su destino, Buenos Aires, al que espera arribar tras una travesía de unos veinticinco días y haber hecho escala en Río de Janeiro, Santos y Montevideo.
Una hora antes del instante de la fotografía, los 387 pasajeros, junto a los familiares que les acompañan para despedirles, además de policías, militares, eclesiásticos, operarios, maleteros, capataces, barrenderos, conserjes, gaiteros, jóvenes, niños y curiosos, abarrotan la extensa explanada que se abre entre la estación marítima y la zona de embarque. En medio del bullicio, se escucha a un cura oficiar una misa; a un coro cantando mientras alguien recita los versos de Adiós ríos, adiós fuentes de Rosalía de Castro; a unos gaiteros más lejos tocando la Muiñeira del Espantallo; a los estibadores y a los marineros gritando órdenes y maldiciendo; a las grúas chirriando quejosamente al cargar con tantos bultos, maletas, recuerdos y esperanzas; a los motores de los remolcadores ronroneando; a las gaviotas chillando sus penurias y sus anhelos; al mar chapoteando incansablemente contra el casco del barco y los pilotes del muelle; y se escuchan muchos murmullos, lamentos, suspiros y sollozos, muchas palabras que no quieren despedirse, muchos silencios contenidos.
Debajo de uno de los magnolios que bordean el muro enrejado que cierra el área del puerto, se halla Manuel Ferrol. Es fotógrafo y ha sido contratado por la Comisión Católica de Emigración para retratar la partida de aquel trasatlántico. Ha llegado temprano. Es minucioso y paciente, y antes de comenzar a fotografiar, le gusta tomarse un tiempo para estudiar la luz, palpar el ambiente, ubicar los lugares de interés y preparar el equipo. Lleva una Rolleiflex, una cámara réflex de doble objetivo con forma de cubo que, colgada al cuello y disimulada entre la gabardina, dispara las fotografías a la altura del pecho. Le ha costado un dineral, pero está convencido de que ha sido una magnífica inversión. Es una cámara con una óptica y una tecnología excepcionales, y al ser tan discreta y silenciosa, se adapta perfectamente al tipo de fotografía que le interesa hacer. Está cansado de las fotografías de estudio. Ahora está buscando estampas más espontáneas e informales. No le gusta la teatralidad, que la gente pose. Quiere captar un instante, una emoción, un gesto significativo. No quiere interferir. Quiere respetar la escena, capturar la verdad del momento.
A esa hora de la mañana ha gastado ya dos carretes (veinticuatro fotogramas) en los accesos al puerto y en la explanada. Ha retratado sobre todo a muchas familias, en las que unos pocos sonríen y la mayoría se muestra seria y con el rostro tenso. También a una señora, sola, en cuclillas, junto a una bolsa que guarda todas sus pertenencias; a un sacerdote, sentado en un taburete, confesando a un joven arrodillado; a un gaitero pálido y delgado con los ojos llorosos; a una señora vestida de luto con un niño en brazos; al grupo de gente que, con expresión abnegada, atiende a una misa improvisada; o a un montón de maletas, baúles y paquetes envueltos en mantas y amarrados con cuerdas que esperan a ser cargados por las grúas.
Después de alinear las marcas con la manivela y asegurarse de que el nuevo carrete queda bien colocado, Manuel Ferrol se dirige a la estación marítima. Quiere captar la atmósfera de la burocracia portuaria. Allí se encuentra con los pasajeros rezagados y los que tienen problemas con su documentación, atendidos por los empleados de la compañía naviera y los funcionarios de la aduana y del departamento de sanidad. A los pasajeros se les nota nerviosos; los empleados y los funcionarios, uniformados y trajeados, mantienen de manera impecable la distancia y la formalidad.
En el momento en que Manuel Ferrol está saliendo de la estación marítima, se escucha una voz metálica e impersonal que anuncia la última llamada para que los pasajeros embarquen. Los lamentos y los silencios se agudizan. El aire se hace más denso. El olor a salitre, gasoil y carbón se hace más pesado. Manuel Ferrol se encamina hacia la zona de embarque. No puede evitar que se le haga un nudo en el estómago. Allí toma las imágenes más emotivas: los abrazos prolongados, las lágrimas incontenibles, los pañuelos blancos agitándose. Combina los retratos con los planos medios de las familias y los planos más amplios del muelle. Los gaiteros tocan una muiñeira de pasacalles, más lenta y solemne.
El Juan de Garay comienza a separarse del muelle tirado por los remolcadores Irmáns García y Ría de Ares. La sirena del buque lanza un largo bramido, grave y profundo, mientras la chimenea exhala una espesa nube de vapor. Manuel Ferrol se acerca hasta el extremo del muelle. Contempla cómo se aleja el imponente trasatlántico, en cuyas barandillas se agolpan los pasajeros en un último intento por despedirse de los suyos y de la tierra que no saben si volverán a ver. Toma varias fotografías panorámicas del barco y el puerto, y regresa hacia la explanada.
A medida que el trasatlántico se va alejando, el gentío, con una incierta desgana, como si le costase abandonar aquel lugar, empieza a desperdigarse poco a poco. Manuel Ferrol camina despacio entre la multitud. Solo le resta un fotograma en el carrete y quiere emplearlo en un momento que sea más que una imagen, que cuente una historia. Duda. No sabe hacia dónde o a quién disparar. No quiere apresurarse. Varios cientos de cabezas salen ordenada y sosegadamente de las instalaciones del puerto hacia los Cantones y la avenida de la Marina. Al fondo, despuntan el edificio de la Terraza y el kiosko Alfonso. De repente, se cruza con un padre y su hijo. Recuerda que los ha fotografiado una hora antes. Recuerda que se les veía muy serios y callados, acompañados de otras tres personas: una señora y dos jóvenes. Baja la cabeza, mira por el visor, enfoca, y presiona el disparador.
Después de almorzar en una taberna de la calle Torreiro, Manuel Ferrol se dirige a su estudio, situado en la primera planta de un edificio modernista de la Plaza de San Nicolás. Allí pasa la tarde, trabajando en el revelado de los cuatro carretes obtenidos en el puerto. Hasta el día siguiente, cuando los negativos terminen de secarse, no podrá confirmar la calidad del resultado. Pero está satisfecho. La jornada ha sido productiva y espera reunir unas cuarenta fotografías. Los negativos, de 6×6 centímetros cada uno, cuelgan de varios hilos a lo largo del cuarto oscuro. Manuel se queda mirando a uno de ellos. A pesar de que la imagen es aun borrosa, comienzan a distinguirse al padre y su hijo. No puede imaginarse que esa fotografía, que actualmente forma parte de la colección permanente del Museo Reina Sofía de Madrid, se convertirá en la imagen más icónica del trauma de la migración gallega.
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En febrero de 2022, Juan Calo recibió en su casa de una aldea de Fisterra al periodista Arturo Lezcano. Al ser preguntado por las circunstancias de aquel día en el puerto de A Coruña, aquel hombre de setenta y dos años, el niño de la fotografía, respondió:
Nós non marchamos. Chorábamos porque quedábamos sós. Embarcaban miña avoa e os meus tíos para a Arxentina. Primeiro foise o meu avó, Ramón Calo Velay, que aquí andaba nunha gamela de dúas proas. Uns anos despois reclamou o seu fillo, o meu tío Pepe, que tiña dezasete anos e librou de ir ao servizo militar. Eu tiña seis anos, porque acababa de nacer a miña irmá. E, como a cousa ía ben, reclamaron a miña avoá e outros dous irmáns de meu pai: Pepita e Manolo, os xemelgos. Eles tres eran os que marchaban aquel día, despediámonos deles. Aquí éramos moitos e non tiñamos cartos dabondo para emigrar todos. A pasaxe deles viña de alá, aquí non había con que pagala. E a nós non nos chamaron para ir porque o meu pai tería que comprar cinco billetes para toda a familia, non como Pepita e Manolo, que non tiñan fillos[1].
Carlo R. Sabariz
Mayagüez, 16 de febrero de 2026[1] Nosotros no nos marchábamos. Llorábamos porque nos quedábamos solos. Embarcaban mi abuela y mis tíos para la Argentina. Primero se había ido mi abuelo, Ramón Calo Velay, que aquí andaba en un bote de dos proas. Unos años después reclamó a su hijo, mi tío Pepe, que tenía diecisiete años y libró de ir al servicio militar. Yo tenía seis anos, porque acababa de nacer mi hermana. Y, como la cosa iba bien, reclamaron a mi abuela y a otros dos hermanos de mi padre: Pepita y Manolo, los gemelos. Ellos tres eran los que se marchaban aquel día, nos despedíamos de ellos. Aquí éramos muchos y no teníamos dinero suficiente para emigrar todos. El pasaje de ellos venía de allá, aquí no había con que pagarlo. Y a nosotros no nos llamaron para ir porque mi padre tendría que comprar cinco billetes para toda la familia, no como Pepita y Manolo, que no tenían hijos.rturo Lezcano (2025). O país invisible. A epopea atlántica da diáspora galega. Madrid: Libros del K.O., pág. 25.

