Angie Natalia Bustos Lemus
La lógica colonial del talento: Desde cero
Tinta regada
11 – agosto de 2026
…si seguimos dependiendo de los mismos criterios
que nos han puesto en desventaja.***
Después de leer el artículo “Resisting Academic Imperialism: Bad Bunny and the Colonial Logic of Talent” en Los Angeles Review of Books de Jeffrey Herlihy-Mera y Héctor José Huyke, y de participar en un episodio de la serie de podcasts “La lógica colonial del talento,” sentí la necesidad de plantear una respuesta, una reseña-reflexión que nace de estos dos procesos. Fue una conversación que me dejó pensando no solo en Puerto Rico, sino también en la forma en que entendemos la universidad y legitimamos el conocimiento en nuestros territorios.
No podemos pensar el cero del que hemos estado hablando como un dato aislado. Ese cero se refiere a la cantidad de docentes universitarios con formación doctoral en Puerto Rico que dictan clases sobre Estudios Puertorriqueños o Caribeños. Por lo que, nos lleva a preguntarnos cómo funciona actualmente la universidad. En esta dinámica se requiere muchas veces que se estudie afuera para poder regresar a impartir las clases, investigar o habitar espacios académicos que corresponden a esa realidad inicial.
No niego tampoco el valor de estudiar afuera. Yo misma lo estoy haciendo. Salir también ofrece posibilidades de aprendizaje y encuentro con otras discusiones. Pero lo que si amerita discutir es que esta salida se convierte casi en un requisito para ser contratados. Se necesita entonces, migrar, publicar en otros idiomas y estudiar en otras instituciones para regresar con una supuesta “legitimidad”. Muchos de nosotros, como colegas, hemos transitado por estas conversaciones y reflexiones. Como decía Jeffrey, la pregunta no es cómo podemos pasar del cero a cien, sino cómo podemos convertir ese cero por imaginar otras posibilidades para nuestras universidades. Puerto Rico, la Universidad de Puerto Rico y las universidades caribeñas deben ser vistas como espacios capaces de producir pensamiento crítico y conocimiento.
Pero para cambiar este cero también hay que reconocer lo que manifestaba Jorge Rodríguez Acevedo sobre la ausencia de recursos. A veces hablamos del prestigio académico como si dependiera solamente del mérito o del esfuerzo. Se necesitan fondos para llevar a cabo investigaciones, acceder a archivos, publicar y participar en congresos. Así que tal vez, no tenemos recursos porque no somos vistos, pero tampoco somos vistos porque no tenemos recursos. Y bajo estas condiciones nuestras universidades y programas deben producir, publicar y mantenerse sin las mismas condiciones de las otras instituciones.
Siendo sinceros, la vida académica es muy difícil. No se trata solo de sentarnos a leer y escribir, existe una vida detrás. Se requiere una búsqueda constante de becas, ayudantías y proyectos que te permitan continuar estudiando. A su vez, en muchos casos, como el mío, esa vida está atravesada por la migración. He vivido estas experiencias con el deseo de aprender, abrirme al mundo y buscar en la academia otras opciones para mi quehacer profesional. Sin embargo, no todos realizamos esa búsqueda con las mismas oportunidades. La distribución desigual existe y hace que ciertos espacios académicos concentren los recursos y la visibilidad.
Las buenas intenciones y el esfuerzo de los docentes no son suficientes para sostener estos programas. Hay profesores y profesoras que acompañan a sus estudiantes y mantienen programas con muy pocos recursos, aun cuando las condiciones no son las mejores. Pero el compromiso individual no puede reemplazar la responsabilidad institucional ni la necesidad de recursos reales.
Desde que comenzamos a estudiar, tenemos en mente los nombres de universidades lejanas y de otros programas a los que muchas veces, incluso inconscientemente, deseamos aspirar. Tal vez deseamos esos espacios porque es la información a la que hemos tenido acceso y porque aparecen como destinos prestigiosos. Desde temprano aprendemos a mirar hacia afuera, no porque no queramos ver hacia dentro, sino porque el sistema nos ha enseñado que allá está el “horizonte”.
En esta misma línea, retomo a Héctor José Huyke cuando mencionaba la idea del cero en la cabeza. El cero más allá de estar en una tabla también puede encontrase en la forma en la que imaginamos el futuro académico. Puede hacernos pensar que continuar en nuestros territorios no es suficiente y que requerimos salir para que seamos tomados enserio. Tal vez por eso, si este cero se convierte en cien, o si al menos comienza a aumentar, también empezaríamos a reconocer desde lo cotidiano a otras personas que ya forman parte de nuestra vida académica. Estos pensadores, pensadoras, profesores, estudiantes e investigadores que imaginamos ya existen.
Otra de las cuestiones que surgió durante la conversación fue sobre qué necesitábamos para cumplir con las exigencias del Norte Global. Al compararnos con esos criterios, seguimos reproduciendo una dinámica colonial dentro de nuestros espacios académicos. Llevándonos a pensar que para entrar en la discusión tenemos que cumplir ciertos estándares que otros han definido, como dónde estudiar, en qué idioma escribir, qué autores citar, en qué revistas publicar o sobre las universidades a las que debemos asistir.
Estas formas de dominación también atraviesan nuestras experiencias, nuestras formas de entender e incluso nuestras formas de hablar. En esta discusión además apareció el lugar que ocupa el inglés dentro de la academia. No buscábamos negar las posibilidades que trae consigo, sino de cuestionar su posición en la validación de nuestras ideas. ¿Por qué debemos expresar nuestras experiencias en una lengua que no es la nuestra para ser reconocidos? Pareciera que en nuestras lenguas (español o espanglish) podemos expresar nuestras experiencias, pero que, cuando intentamos construir teoría, se nos exige traducirnos o interpretarnos en inglés.
Así que el reconocimiento no será justo si seguimos dependiendo de los mismos criterios que nos han puesto en desventaja. En este sentido, el cero inicial no habla de la ausencia de talento; sino que denuncia la falta de condiciones. Por eso, pasar del cero a cien no debería significar solamente ocupar más espacios dentro de la misma lógica, sino cuestionar porque hemos llegado a creer que el conocimiento necesita venir de afuera para ser reconocido.
