Raúl Mayo Santana
Cuarto encuentro borgeano: “El historiador que no pudo estar presente”
Tinta regada
10 – mayo de 2026
El gran narrador de historias y de cuentos.
Estaban presentes el presidente y el secretario de la Academia, y casi todos los académicos, algunos célebres otros autocelebrados. Los varones engabanados lucen académicos, o abogados o médicos, aunque algunos sacos parecen más longevos que sus portadores. Uno tenía la solapa inconscientemente doblada, sin que nadie osara arreglársela. Las académicas son, en buen sentido, más vociferantes y lucen más vívidas y jóvenes. Unas, imponiendo tal presencia que sorprende a los menos conocidos.
Tanta gente en deterioro con diferentes gradaciones de ancianidad. Pocos jóvenes, lo usual para un acto de reconocimiento. Las formas tan variadas del caminar de los presentes, algunos en tres piernas y otros sostenidos por el brazo de alguien menos viejo.
El ser reconocido o quizás peor, no verse reconocido por una persona que uno sabe conoce a uno, pero no se recuerda de tu cara o de tu nombre. Las voces difusas que sin querer se oyen con los nombres que se dicen y los nombres que en el olvido del silencio han quedado. Esos nombres que después de tantos años se nos escapan sin ser notados. Aquel que se presenta sin uno saber por qué o si realmente es que no lo conocemos. La querida amiga de tantas luces que, al saludarla, pregunta, ¿quién tú eres? Somos demasiados los que no queremos reconocernos en las fotos, pues en nuestros espejos no envejecemos de igual manera, “espejo, espejo, quién soy yo”.
Y qué de los archiveros, ya que el acto se celebra en el Archivo General de la nación caribeña por siempre “incivilizada”. Aquel archivero orgulloso de su profesión que saluda demasiado efusivamente. La archivera amiga que luce como la llamada “interina”, pues me dice “bienvenido al Archivo”, sintiéndome incapaz de comprenderla del todo. ¡Ah!, ese archivo que se resiste a desaparecer en un edificio tan envejecido que todo lo que guarda y se supone que preserve se añeja fugazmente. El tiempo aquí se transmuta cual inmovilizado y las coordenadas laberínticas son muy difíciles de precisar. Pero seguiré viéndome sentado examinando un documento que en las manos se hace pedazos.
El presidente del Ateneo, abogado —claro está—, que se recuerda para recordarnos que perteneció, como el homenajeado, al grupo de políticos de los “22”; y que varias veces profirió un “yo impuse” tal regla en mi organización. Es que nomás sigue siendo un político. En este tipo de actos las anécdotas son las que prefieren continuar con vida. Este presidente fue el que nos encontramos al llegar y nos preguntó, ¿dónde está el baño?, “para ir antes de que empiecen”.
El hijo del primer académico de honor fue el que leyó las palabras de agradecimiento de su padre que le dictó lo que ya se le hace muy difícil decir, aunque bien pudo aclarar que aún sigue siendo un hacedor. La esposa del homenajeado recibió los aplausos más merecidos. Y, por supuesto, como el hacedor es una persona digna no se olvidó de dejar consignado que hay tantos otros que se lo merecen “más que yo”. Quizás no.
Al salir me encontré con el presidente de la Academia, que, como siempre, habló muy bien en el homenaje, y me dice, “vinieron muchos de los académicos”; mas pensé, “y … no se supone que así fuera”. Al final, quise saludar a los que había reconocido en el salón, pero al bajar ya se habían ido. ¡Cumplieron!
Me encantan mucho los hacedores de libros. En el acto me encontré a un amigo historiador, mejor dicho, al narrador de este relato, y terminé la conversación sin saber que lo que estoy contando es que me lo contaron o yo lo estoy imaginando. Como dijo un gran poeta, “tú que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?” Pensé, además, en el historiador que no pudo estar presente. Sin embargo, ese es el verdadero narrador, como si él pudiera escribir de manera tan irreverente, que lo dudo. Como el poeta dijo, de nuevo, “no sé cuál de los dos escribe estas páginas”.
Y del gran concierto del homenaje solo perdura la figura tan feliz de mi gran amigo, ¡el primer académico de honor! El gran narrador de historias y de cuentos.
Raúl Mayo Santana
11 de marzo de 2026
San Juan, Puerto Rico
