Geraldo López-Cepero
La edad del silencio
Tinta regada
10 – mayo de 2026
Volver no fue ir en contra de la corriente, o de lo establecido, sino el ejercicio consiente de un corazón destrozado, de una vida herida, de sueños inconclusos.
***La edad del silencio
Tic, toc, tic, toc, tic, toc.
La espada de Damocles se balancea sobre mí como un péndulo que marca el tiempo, que marca el movimiento del tiempo imperturbable.
Desde la profunda oscuridad del abismo de mi mente surge un pensamiento etéreo como el fulgor de un rayo.
¿Será cordura o será locura?
El tiempo no se detiene, solo avanza. Se asienta sobre nosotros y murmura cifras, números que pocos quieren escuchar. Hay momentos en que el reloj deja de ser una promesa y se convierte en advertencia. Volver, entonces, no suena a impulso, sino a desafío. A contradecir lo que el mundo llama cordura. A dirigirnos en una dirección opuesta a la resignación.
Muchos trataron de alejarme de mi idea, ¿quizás por sus propios temores? O por sus propias convicciones. Me hablaron del tiempo, de la edad, de realidades “objetivas”, de lo inapropiado de los sueños tardíos, del ridículo. Me sugirieron la quietud como premio, el retiro como un destino final. Pero mi pensamiento, engendrado por lo vivido, por los sueños, el dolor, la culpa y el amor, que había evolucionado en una mente cansada, jamás se disipó. Insistió, permaneció…fue como si el tiempo, en lugar de cerrarse, dejara una rendija por donde colarse.
Volver no fue ir en contra de la corriente, o de lo establecido, sino el ejercicio consiente de un corazón destrozado, de una vida herida, de sueños inconclusos. Es regresar con el temor de quien ha visto demasiado del mundo y el saber que no todos los espacios son amigables. Volver ante la conciencia que tal vez ya no había lugar, que quizá era tarde, que mi presencia, mi osadía, desentonaba ante ritmos de vida jóvenes y certezas aún intactas. Me enfrentaba a la marginación, al silencio, a la burla, al rechazo y me preparé para aprender sin ser visto.
Pero el miedo empezó a perder ante la realidad.
Lo que encontré, para nada fue juicio, ni rechazo, ni siquiera una sombra de no pertenecer, sino igualdad, aceptación, empatía. No existió la distancia, sino un encuentro. Aquí la realidad se comportó distinto, el tiempo no apremia, no es hieriente, no empuja. Aquí el pensamiento respira y el error no castiga. Es aquí donde el silencio no es una amenaza, sino pausa fértil. Entonces la universidad se volvió un oasis, un respiro, un aliento de vida, una burbuja improbable, donde la violencia del mundo no tiene el mismo eco.
Llegué repleto de temores, incertidumbres, de dudas, pero me encontré rodeado de manos jóvenes que aceptan la diversidad, dispuestos a enseñar sin condenar. Me guiaron por nuevos caminos, por lenguajes desconocidos, tecnologías y herramientas que no me pertenecían, que no son de mi época. Ellos sin saberlo, me dieron algo más valioso, pertenencia. En cambio, yo ofrecí lo único que el tiempo concede; paciencia, una mirada amplia, saber escuchar, experiencia y palabras que no compiten.
Así, sin mucho ruido, el mundo empezó a girar. Las ideas dejaron de ser nombres y se volvieron compañía. Las antiguas voces, ahora caminan conmigo. Pensadores, musas, historias remotas, números, ciencias, ideas, formas…conviven en mí. Hoy tengo conciencia de preguntas que no buscan respuestas. El conocimiento no llegó como acumulación, sino como una transformación. Por cada reto enfrentado se fue limando el miedo. Cada logro alcanzado tuvo como consecuencia una respuesta silenciosa, que desmintió a los que anunciaban el absurdo.
Hoy puedo decir, sin faltar a la verdad, que muchos sueños se cumplieron y muchos desafíos, fueron conquistados. Que enfrenté retos que me parecieron imposibles y que al superarlos fueron diluyendo el temor. Que el aula me devolvió algo que no sabía que buscaba, que no tenía conciencia que había perdido al enfrentarme al mundo donde vivía; la confianza en el diálogo, en la convivencia, en la posibilidad de convivir sin violencia.
Pero el péndulo que marca el tiempo no se detiene.
Sé que este paréntesis tiene tiempo de caducidad, que volverá a reclamar su curso. Ahora vivo con el temor de salir de esta burbuja en donde el pensamiento protege, donde la humanidad está viva. Es inquietante regresar a un mundo que ya no miro igual, pero que tampoco regreso a él como salí.
Cuando llegue el momento estaré acompañado de ideas que ya no me abandonarán. De nuevas vivencias que suman y se entrelazan con las antiguas que me permiten crecer. De una nueva vida estudiantil atemporal que me recordó que aprender no es cuestión de edad y que la curiosidad nos habré los caminos para estar vivos.
Puede ser que no todos los caminos se abran, pero continuar buscando, seguir estudiando, mantenerse pensando, ya es una forma de resistencia, de seguir viviendo.
A lo lejos comienzo nuevamente a escuchar el tic, toc del tiempo, ya sé que se acerca.
Esta vez, ya no suena como amenaza.
Puede ser que la verdadera cordura no sea obedecer al reloj, no sea seguir el camino trazado, sino atreverse a interrumpirlo, desafiarlo. Sé que el péndulo continúa su vaivén inevitablemente, sin embargo, ahora me permito creer en silencio, sin ataduras, sabiendo que volver fue, después de todo, un juego de suma positiva, una forma sublime y profunda de vivir.
