La clase de 1976 revive sus recuerdos y apadrina a una nueva generación de colegiales
Por Mariam Ludim Rosa Vélez (mariam.ludim@upr.edu)
Prensa RUM
viernes, 17 de julio de 2026
Regresaron a su alma mater para revivir los recuerdos que marcaron su formación universitaria, reencontrarse con compañeros y celebrar el legado de una experiencia que transformó sus vidas. A cinco décadas de su graduación, integrantes de la clase de 1976 del Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) participaron como padrinos y madrinas de la centésima décima tercera colación de grados del Recinto.
La iniciativa, organizada por la Oficina de Exalumnos y Filantropía del RUM, fue un reencuentro para compartir anécdotas, aprendizajes y consejos con los nuevos graduandos.
Para Carmen M. Rivera Torres, graduada en Sociología, los recuerdos del entonces Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas permanecen tan vivos como el primer día.
«Los recuerdos son gratos y de mucho beneficio para mí. Tuve la oportunidad de estudiar junto a personas muy elocuentes y contar con el apoyo constante del personal de la institución. Esta universidad pública ocupa un lugar muy especial en mi corazón. Cuando miro hacia atrás, veo con alegría todos esos años que pasé aquí», rememoró.
Una de las experiencias más significativas de su vida universitaria fue conocer a quien posteriormente se convertiría en su esposo.
«Muchas cosas fueron especiales, pero una de las más importantes fue conocer a mi esposo y vivir la experiencia de estudiar en una universidad tan maravillosa. Realmente es de las mejores oportunidades que puede tener cualquier joven porque aquí adquiere grandes herramientas para su desarrollo profesional», sostuvo.
Tras completar sus estudios, inició una carrera profesional en el propio Recinto, donde laboró durante cuarenta años.
Por su parte, Carmen Elsa Bartolomé Vázquez, quien obtuvo un bachillerato en Administración de Empresas con concentración en Gerencia Industrial y un minor en Economía, evocó las diferencias entre el Colegio de la década de 1970 y el que observa hoy.
«Había mucha formalidad. No podíamos usar mahones ni pantalones informales. La forma de vestir era muy distinta y existían normas que hoy resultan curiosas, pero eran parte de nuestra vida universitaria», recordó.
Entre las anécdotas que compartió figura una relacionada con la moda de aquellos años.
«Un viernes me puse un postizo inspirado en el estilo que estaba de moda en aquel momento. Mientras caminaba de Sánchez Hidalgo hacia Estudios Generales, se quedó enganchado en un árbol y no me di cuenta hasta llegar al edificio. Cuando regresé, lo recogí y seguí caminando porque todo el mundo sabía que yo usaba postizo», comentó divertida.
Luego de graduarse, desarrolló una carrera de 37 años en la banca comercial, experiencia para la que aseguró haber estado preparada gracias a la educación recibida en el RUM.
Mientras, Ignacio E. Beauchamp Méndez, egresado de Ingeniería Civil, describió al RUM como un lugar profundamente ligado a su historia familiar y personal.
«Mi vida transcurrió aquí. Mi abuela vivía frente a la universidad y desde pequeño estuve vinculado al Colegio. Tengo innumerables recuerdos de las reuniones en el Centro de Estudiantes, de las clases y de todas las experiencias que viví junto a mis compañeros y profesores», relató.
Entre las muchas historias que atesora, recordó un consejo que recibió de un colega recién graduado cuando aún era estudiante y evaluaba una oferta de trabajo antes de culminar sus estudios.
«Me dijo que no aceptara ninguna oferta hasta terminar el Colegio. Muchos años después nos volvimos a encontrar en una reunión profesional y me dijo que siempre supo que yo llegaría lejos. Ese momento quedó grabado en mi memoria».
Asimismo, reconoció la influencia que tuvieron varios profesores en la decisión de continuar sus estudios en Ingeniería Civil.
«El doctor Flavio Acarón y el profesor Luis Fior Martínez me animaron a permanecer en esa disciplina. Ese impulso cambió mi vida profesional».
Según explicó, el RUM le enseñó una de las lecciones más importantes de su vida.
«El Colegio me dio perseverancia. Cuando llegué de España prácticamente no dominaba el inglés. Estudiaba con un libro, un diccionario y una libreta de apuntes. Aprendí que las metas se alcanzan con esfuerzo y constancia».
Mientras, Juan Adrián Martínez Rivera, graduado de Ingeniería Agrícola, describió su experiencia universitaria como el punto de partida de una trayectoria profesional de más de tres décadas en el Servicio de Conservación de Recursos Naturales del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
«Lo que ocurrió en mi vida durante los últimos cincuenta años comenzó aquí. Estos cuatro años fueron fundamentales en mi desarrollo profesional, familiar y personal», afirmó.
Recordó con especial emoción su ceremonia de graduación de 1976.
«Cuando uno llega a ese momento siente una enorme felicidad al ver a sus seres queridos acompañándolo. Es el comienzo de una nueva etapa, pero también la culminación de un gran esfuerzo».
Martínez Rivera también resaltó la importancia de una práctica profesional que realizó mientras era estudiante y que terminó definiendo el rumbo de su carrera.
«Tuve la oportunidad de trabajar con una agencia federal y aprender directamente de un ingeniero agrícola. Esa experiencia me ayudó a seleccionar mis cursos y me preparó para lo que haría profesionalmente durante décadas».
Su desempeño lo llevó a ocupar diversos puestos hasta convertirse en director del área del Caribe de esa agencia federal.
«Todo lo que estudié aquí lo pude aplicar en mi trabajo. Esa es una satisfacción enorme porque demuestra el valor de la formación que recibimos en esta institución», afirmó.
Siempre en el Colegio: de estudiantes a profesores, mentores y padrinos
La graduación colegial reunió a egresados cuya relación con el RUM trascendió los años de estudio para convertirse en una vida dedicada al servicio, la docencia y el acompañamiento de futuras generaciones.
Ese es el caso de la doctora Gladys González, catedrática jubilada del Colegio de Ciencias Agrícolas y profesora emérita de la Universidad de Puerto Rico, quien llegó al Recinto para estudiar Economía y posteriormente construyó una destacada carrera académica en Economía Agrícola.
«El Recinto Universitario de Mayagüez, o como lo llamábamos cariñosamente, el Colegio, siempre ha sido hermoso. Creo que es el campus más bello de todo el sistema de la Universidad de Puerto Rico. Lo recuerdo verde, lleno de flores», evocó.
Tras completar estudios graduados y doctorales, regresó al RUM mediante el Programa de Desarrollo de Facultad y permaneció en sus aulas durante 44 años y medio.
«Fue el sueño de cualquier persona a quien le gusta estudiar y estar rodeada de gente joven. Todavía extraño estar en el salón de clases», confesó.
Durante su carrera impulsó iniciativas enfocadas en visibilizar el papel de la mujer en la agricultura puertorriqueña.
«Creo que logramos darles voz y rostro a muchas agricultoras y agroempresarias que hasta ese momento permanecían detrás de otras figuras. Eso me dejó grandes satisfacciones», afirmó.
Por su parte, el doctor Juan López Garriga, catedrático jubilado de Química, quien ahora coordina el Programa de Biotecnología Industrial y es egresado de Ingeniería Química, recordó un Recinto mucho más pequeño físicamente, pero igualmente vibrante.
«Era una época muy buena. Teníamos menos edificios y una comunidad estudiantil muy unida. Vivíamos la experiencia universitaria intensamente, tanto en los estudios como en la convivencia diaria», rememoró.
Tras completar estudios graduados y doctorales en Estados Unidos, decidió regresar al RUM para aportar al desarrollo académico de la institución.
«Las herramientas que me dio el Recinto me permitieron competir académicamente en cualquier lugar, pero siempre quise volver y contribuir a la institución que me formó», sostuvo.
Ya como profesor, lideró el reconocido proyecto Ciencias sobre Ruedas, iniciativa que acercó la ciencia a miles de estudiantes de escuela superior alrededor de Puerto Rico.
«Detrás de cada estudiante universitario hay maestros que lo inspiraron. Ese proyecto me permitió devolver parte de lo que yo había recibido», expresó.
Asimismo, el profesor Hiram González Hernández, graduado de Ingeniería Civil en 1976 y catedrático jubilado del mencionado departamento, destacó que su vínculo con el RUM se mantuvo prácticamente durante toda su vida profesional.
«El orgullo colegial siempre ha estado presente. Lo sentíamos entonces y se sigue sintiendo hoy. El Recinto sigue siendo una institución extraordinaria y reconocida dentro y fuera de Puerto Rico», aseguró.
Tras graduarse, inició una carrera militar en el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, donde alcanzó el rango de coronel. Más adelante completó una maestría en Ingeniería Civil en el propio RUM y regresó como profesor.
«Ser profesor aquí fue una de las mayores satisfacciones de mi vida. Disfruté enormemente trabajar con estudiantes y ayudarlos a desarrollar sus talentos», indicó.
A esta distinguida representación de la clase de 1976 se sumó también el doctor Víctor Siberio, catedrático jubilado de Ciencias Agrícolas y exdecano de Estudiantes del Colegio.
Su participación propició uno de los momentos más emotivos de la ceremonia de los Colegios de Ciencias Agrícolas y Administración de Empresas. Al concluir su mensaje protocolar, el rector interino, doctor Miguel A. Muñoz, lo mencionó y los presentes le dedicaron un sonoro aplauso que reflejó el cariño y el respeto que continúa despertando entre estudiantes, egresados, profesores y personal universitario. Como anécdota, el Rector recordó que, cuando él ingresó al Colegio como estudiante de nuevo ingreso, el doctor Siberio se desempeñaba como estudiante orientador.






